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La gema que te llevaste.

Justo fue en un viernes 18 como hoy, aunque no llovía, de hecho hacía el clima perfecto. Recuerdo el vestido que usé, recuerdo que ya eran más de las 8 y aún no llegabas. Recuerdo que por un momento pensé que no sucedería. Recuerdo tantas cosas, y probablemente otras las imaginé, pero el sentimiento que me generó aquella espera, fue de los momentos más bonitos de mi vida. Si bien, esa sensación nunca volverá, la atesoro y la cuido de todo lo malo que hoy vive en mi mente.  Me cuesta aceptar que todo cambia, me cuesta aceptar que todo tiene un inicio y un final. Me cuesta más entender mi aferro, a una historia de amor mal contada.  Quisiera olvidarte, pero cada día que pasa, confirmo que ya eres parte de mi historia. Te escucho cuando hablo, te oigo cuando reclamo, te veo cuando me observo y te siento cuando me toco. Me volví un reflejo de todo lo bueno y lo malo que me enseñaste. Hay un sin fin de cosas que me dejaste, pero lo que más me duele, lo que más extraño, y lo que más...

A mi yo de 27…

¿Les ha pasado que su “yo”del pasado resultaba más maduro e inteligente emocionalmente que su “yo” de la actualidad? Pues bueno, justo mi “yo actual”, de 29 años, tiene mucho que decir al respecto. Si bien, nada de lo que dije en mi entrada anterior envejeció de manera positiva, digámoslo así. Sin embargo, agradezco eternamente que lo haya escrito, pues ha funcionado como una cachetada de guante blanco.  Un poco de contexto no caería mal. Esta semana sufrí la depresión más horrible, estresante, preocupante y devastadora de mi vida. Llevo aproximadamente 2 años sufriendo la ruptura de la mejor relación que he tenido hasta ahorita (abro un paréntesis porque espero mi “yo” de 32 años regrese a esta entrada y me corrija rotundamente, afirmando que después llegó algo mil veces mejor). Sin embargo, por el momento duele, porque es una ruptura de esas que no tienen respuesta, que no tienen lógica y que por más que intentes solucionar, la última palabra no la tienes tú.  Entonces, ¿cóm...

Tu catadora de café

Cada mañana, ella disfrutaba de su culposo y furtivo hobbie de las 9am, ser catadora de café en labios ajenos. A escondidas del otro, ella se consideraba a sí misma una eminencia en el tema. Entraba a la cocina y el olor de su camisa denotaba si el café era recién hecho o no. Los restos de granos cafeinados en sus manos le explicaban la calidad del proceso de granulado y el tiempo de infusión. El suave aliento de su boca le señalaba la temperatura idónea de una estupenda taza más. El sabor de esos labios ajenos era el veredicto final, era el mismo café barato de cada mañana.   - "¡Pero qué café!", pensaba ella. "Mi taza favorita siempre serán tus labios."
Tú súbete a los carritos chocones... Una millennial de 30, que tontería sonó por mi cabeza; lo sé, millennial, casi treintona, dramática y blogger; pero conforme pasa el tiempo, seamos sinceros, nuestros padres tienen razón, se te va quitando la pena a casi todo. A los casi 30 comienzas a perder el miedo de cosas tan banales como llamar a la pizzería y ordenar 2 pizzas con extra de todo, no te da miedo hacer mal el pedido, o no pronunciar correctamente tu dirección, ahora te da miedo que te juzguen porque ya te conocen, pides lo mismo cada viernes por la noche y cuando lo entregan siempre te ven sola. ¿Y si gusto de comerme dos pizzas con cerveza mientras veo Betty La Fea un viernes por la noche? Que no te importe, porque a mi no me importa, bueno, eso creo. Entonces, como les escribía, una millennial de casi 30, pues no estoy tan cerca como piensan, estoy a mediados de 27 años, pero por alguna razón mi mente no deja de pensar que ya estoy "más allá que pa aca'", pensamie...